Ruido de rutinas

Cuando se viaja tanto, la plena felicidad del que busca el constante movimiento y al fin lo encuentra, es a menudo sustituida por una indiferencia egoísta que requiere de luz renovada para sofocarse.

A todo se acostumbra uno. A la rutina caótica y al caos rutinario.

Por un momento, se apaga la magia de los trenes, la belleza del granito, el susurro de los bosques. Y se instala un ruido que huele a añejo y repica un no sé qué de agobios y costumbres.

Necesitamos acallarlo. Prenderle fuego a la apatía antes de que se adueñe de nuestra esencia y se haga pasar por ella. Retomar el control. Conectar con lo que se es gracias a que un día se permitió que fuera.

Inhalar el perfume plateado del mar, la amable porosidad de las nubes y la docilidad del alba. Atrapar el crujido de las hojas secas del otoño, la majestuosidad de las galerías, la sensualidad de la noche. Jugar con la huida del felino, con la prisa y el picante. Bailar con las sonrisas nuevas y con las sensaciones viejas.

Ser uno con los que nos rodea, con lo que nos acompaña, con lo conocido y con lo potencial. Agradecer. Ver con los ojos del  alma. Respirar, sentir y no tanto pensar. Amar, como premisa primera.

Ser, en comunión con lo que ya es.

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