Diario de Idomeni

Ha pasado poco tiempo desde que volvimos de Idomeni y aún nos cuesta describir lo que hemos vivido estos días. Supongo que en ocasiones las palabras no alcanzan, especialmente cuando el lenguaje compartido es el del corazón. Poco importan los idiomas o las religiones profesadas cuando dos miradas limpias se encuentran. Más allá del alma, nada.

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Nuestra situación en Bulgaria nos ha hecho sentir privilegiados a la hora de visitar Idomeni. Tres amigas, Sergio y yo, decidimos alquilar un coche en Varna y atravesar Bulgaria hasta llegar a Grecia (un camino diferente al habitual, pues los voluntarios internacionales normalmente vuelan a Salónica, a 70 km del campo). Al principio nos encontrábamos un poco tensos; habíamos leído que algunos voluntarios estaban siendo detenidos por la policía griega. Sin embargo, no tuvimos problemas en ningún momento del viaje. Con el cinturón puesto, el equipaje debido -no cuchillos, gas pimienta… – y la documentación en regla, los controles son molestos pero inofensivos. Eso sí, es importante decir que se pertenece a una organización concreta y no que se es voluntario independiente.

Ha sido muy poco tiempo el que hemos pasado en Idomeni, tan poco que a veces nos culpamos de parecer turistas solidarios. Pero sabemos que no es cierto: a veces las obligaciones exceden los deseos y cualquier ayuda, por pequeñita que parezca, es necesaria. Además de cinco pares de manos enérgicas, recaudamos un dinero que donamos a la ONG Hot Food Idomeni y unas cuantas bolsas de ropa, utensilios de cocina (que dejamos en el almacén de Polykastro) y material escolar y juegos para niños (ofrecidos al Centro Cultural de Idomeni).

No es fácil hablar de una experiencia tan breve y tan intensa, pero intentaremos ser lo más ilustrativos posible. Os regalamos unos fragmentos de nuestro diario de Idomeni:

16 de abril de 2016

Tras una parada de reposo en Sandanski (en la frontera búlgaro-griega), llegamos por la mañana del sábado a Polykastro, población a 24 km del campo de refugiados de Idomeni. Dedicamos las primeras horas a ubicarnos. Visitamos el wearhouse (el almacén donde se agolpaban cajas y cajas de bienes donados) y el Park Hotel (punto de encuentro de los voluntarios). Acampamos en la parte de atrás del mismo, en un pedacito de césped junto a unas cuantas tiendas más. El precio por acampar es de 1 euro por persona y noche; es la mejor opción si el presupuesto es ajustado, pues los hoteles de la zona tienen precios muy elevados (hasta 50 euros la noche). Nosotros descansamos muy a gusto y no tuvimos ningún problema, incluso dejamos nuestra ropa y algunos enseres dentro de la tienda. También es posible dormir en la casa okupa o alquilar apartamentos, aunque no siempre hay disponibilidad. Incluso los  más decididos duermen en el mismo campamento de refugiados, en las tiendas de las ONGs o, en el caso de algunas chicas que conocimos, con las familias de refugiados. Ducharse en el hotel es muy caro (7 euros), así que aprovechando el buen tiempo utilizamos la ducha improvisada en el camping con un cubo y unas botellas de agua. La comida también es cara en Park Hotel así que, salvo excepciones, compramos comida en los supermercados del centro de Polykastro. Todos los días hay una reunión en el Park Hotel a las 20h para los nuevos voluntarios. Nosotros acudimos, aunque ya habíamos recibido casi toda la información antes del encuentro.

Si bien en los medios de comunicación solo se habla de Idomeni, existen otros tres campos satélites alrededor de Polykastro: Hara, BM y Eko. El número de refugiados en estos es menor, pero las condiciones son peores al estar más desatendidos que en Idomeni. Los refugiados son principalmente de origen sirio, aunque también hay personas que proceden de Irak, Pakistán y Afganistán.

Después de instalarnos, decidimos que era hora de conocer Idomeni, así como las organizaciones en las que más falta hiciera nuestra colaboración. 15 minutos en coche, un control policial rutinario y estábamos allí. Aparcamos el coche al otro lado de las vías y cruzamos a pie hasta el campamento. No puedo decir que estuviéramos sorprendidos, pues ya estábamos informados de la situación en los campos de refugiados. No obstante, verlo en persona siempre es más impactante. Cientos de tiendas de campaña (los ahora nuevos “hogares” de los refugiados) se aglutinaban a diestra y siniestra, y entre ellas miles de personas iban y venían, descansaban o correteaban. Las caras de los refugiados, sobre todo las de los niños, transmitían alegría (estar con tantos hermanos en un mismo sitio, con comida y actividades al aire libre, cientos de voluntarios venidos de todas partes del globo…) pero a la vez de muchísima tristeza: la de los condenados al exilio de su amada tierra, la de los rechazados en un mundo “mejor”, la de los que no pudieron elegir.  Unas 10000 personas conviven en Idomeni, expulsadas por una guerra, aparcadas como un trasto viejo y desechado en la estación de ferrocarril.

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La situación es paradójica. La miseria rodeada de un hermoso paisaje de un verdor fabuloso; las manos amigas que vienen de todas partes y las represoras al otro lado de la valla de alambre de espino, custodiada por buses de policías y vehículos militares.

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En Idomeni siempre hay colas para todo: para conseguir comida, madera, agua, té, crema solar, ducharse e incluso en algunos campamentos como EKO (a 10 minutos de Idomeni en coche, localizado en una gasolinera), colas para ir al retrete. Diariamente, para obtener una ración de comida, un refugiado puede pasarse más de media hora esperando. Se alimentan principalmente a base de chorba (sopa de lentejas y verduras), arroz y pan.

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En la zona más alejada de la frontera, donde se encontraba la Old Station de ferrocarril, algunas personas hacen negocios vendiendo comida, así que la gente que aún tiene algo de dinero puede regalarse de vez en cuando un capricho. En esta zona se encuentra el campamento afgano, algo alejado del resto, ya que como minoría étnica la convivencia con los demás no resulta siempre fácil. Además, un viejo edificio alberga La Cantina, un espacio para comer y compartir un momento de reposo.

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Nos llamó la atención la cantidad de niños y jóvenes que venden tabaco. Muchos refugiados han vendido sus hogares para cruzar la frontera y navegar por el Egeo hasta llegar a Grecia. Otros, habiendo sido personas adineradas, aunque se hallen en el campo de refugiados con la esperanza de que abran la frontera, siguen teniendo algún poder adquisitivo. Esto hace que puedan comerciar y comprar algunos productos como comida, tabaco o simplemente pagar 2 euros por ducharse con agua caliente.

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La gente árabe es muy educada y bondadosa. Nos ofrecían continuamente comida y víveres sin aceptar un no por respuesta. Son gente inteligente y curiosa, alegre y sobretodo fuerte. Recordamos frases como : “My friend”, “Thank you”, “Where are you from?”, “Syria”, “Iraq”,” Afghanistan”, “No humanity”, “Very bad”… Se repetían a cada momento, en cada interacción. Los niños venían corriendo a nosotros, desde el otro extremo del camino, para abrazarnos y entretenernos con sus juegos de palmas. A Ram sam sam, a Ram sam sam, Guli guli guli guli guli ram sam sam… No hay nada más reconfortante que la sonrisa sincera de uno de estos niños. Parecen ajenos a la desgracia de la guerra. La función de los voluntarios con los niños es importante: mantenerlos con juegos e ilusiones,  educándoles y  enseñándoles, por ejemplo, geografía, historia y lengua en el Centro Cultural de Idomeni (una escuela construida por voluntarios, donde nosotros participamos haciendo alguna actividad de carpintería y dando material como libretas y juegos).

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Varias ONGs dan comida y cenas a diario. Otras con menos recursos, como Hot Food Idomeni, reparten unas 5000 raciones cada día de productos frescos cocinados durante toda la mañana por voluntarios independientes.

Nosotros decidimos empezar a colaborar con esta asociación; nuestras tareas consistieron en pelar y cortar verduras, repartir la comida y controlar las colas para que los refugiados mantuvieran el orden. Además, gracias a una amiga nuestra, pudimos realizar una donación de 400 euros a la organización para contribuir a continuar repartiendo comida fresca y de calidad en el campo de Idomeni. Utilizamos otra parte del dinero recaudado para comprar varios botes de crema solar. Dejamos varias unidades en diversas ONGs, y nos quedamos alguna otra para repartir a niños y adultos durante las colas y en nuestras deambulaciones por los campos.

En los campos de refugiados hay un montón de actividades y trabajo que hacer, como colaborar con Bomberos en Acción, en la enfermería, bañando a los niños en el “Baby Haman”… Si se dispone de vehículo otra tarea importante es transportar material, medicamentos y demás cosas que necesitarán las ONGs. Más aburrido pero igualmente imprescindible es catalogar y colocar los objetos en la “wearhouse”, el almacén de Polykastro.

Al anochecer decidimos visitar el pequeño campo de EKO, con alrededor de 2000 personas. Dimos un paseo y conocimos a algunos niños. Muchos eran cariñosos, otros un poco salvajes, pero tiernos de igual modo. Cuando ya volvíamos de camino al coche, una mujer comenzó a hablarnos en inglés. Se trataba de Nasiba, una joven siria de 36 años. Entablamos amistad con ella en aquel preciso momento en que sus ojos sinceros se posaron en los nuestros. Le ofrecimos unas bolsas de comida y ropa (error de indiscreción, ya que al momento un montón de niños llegaron corriendo desde todas partes) y la promesa de visitarla pronto con un nuevo abrigo de regalo.

Cena en la terraza con los demás voluntarios, nuevas caras, puesta en común de experiencias y un plácido sueño de frío y arañas en el jardín de hotel.

17 de abril de 2016

Por la mañana, cuando acudíamos a ayudar en la escuela, vimos cómo algunos autobuses llenos de refugiados salían del campamento. Se comentaba que los llevaban a centros de detección. Si bien no nos gusta hacer caso a los rumores (se cree que el bulo de que las fronteras habían sido abiertas fue el causante del ataque con gases lacrimógenos por parte de la policía del pasado 10 de abril), es un hecho que las autoridades quieren desalojar Idomeni cuanto antes mejor. Empiezan por asustar a los voluntarios y acabarán echando a patadas a todo el mundo. Triste realidad la que se avecina. Y algunos refugiados tan ajenos a ello… se aferran a toda esperanza.

En la escuela de Idomeni se imparten clases de inglés, alemán y farsi para niños y adultos. También se realizan otras actividades como yoga y diversos juegos para los niños. Nosotros estuvimos bailando, jugando y conociendo las historias de aquellos que necesitaban compartirlas. Además, ayudamos un poquito con la construcción de un asiento con palés.

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Fue aquí donde conocimos a Arin, una chica siria de 13 años, que nos contó su historia con la ayuda de un amigo que nos tradujo del farsi al inglés:

La familia de Arin era muy rica. En Siria vivían en un gran palacio y tenían una vida muy dulce y feliz. Cuando la guerra estalló, la familia dudó por su seguridad y huyó del país. Ahora hace un mes que se encuentran en Idomeni y sus ilusiones van menguándose poco a poco. La espera resulta dura, la situación es mala y Arin añora mucho su antigua vida.

Para la gente adinerada, Idomeni es un lugar aún más difícil. Salieron de su país creyendo que el dinero compraría su libertad (tristemente, muchas veces es así), pero se encuentran atrapados, en un lugar que no han elegido, igual que el resto de los refugiados.

La sonrisa de Arin era triste, triste como la canción que decidió regalarnos:

Por la tarde trabajamos de nuevo en Hot Food Idomeni. Nos gustó la gratitud de las gentes y nos sorprendieron sus constantes atenciones. Nunca problemas. Caras agradables, algunas peticiones de fotos y mucho cariño por doquier.

A final de la tarde conocimos a un refugiado pakistaní. Había vivido tres años en España pero, al volver a Pakistán por la muerte de su padre, descubrió que no podía volver a España, pues tenía el permiso caducado. Los atentados continuos por parte de los talibanes le obligaron a huir de su país. Nos contó que en Pakistán, si bien no hay una guerra abierta como en Siria, hay un terrorismo silenciado que es, igualmente, estremecedor.

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Esa noche trabajamos repartiendo bolsas de comida (zumos, agua y galletas) junto a los bomberos de Barcelona (Acción Solidaria y Logística). Éstas se repartían en el campo de EKO cada noche, cuando las familias estaban más tranquilas. En grupos íbamos peinando las tiendas preguntando a las familias cuántos niños tenían (“Wallet”, niño en Sirio). Cada familia recibía una bolsa por niño. Esta noche en concreto fue un poco caótica porque los niños se encontraban en el cine (muchas noches se proyectan películas en el campamento) en lugar de en las tiendas, pero fue satisfactorio de igual modo.

18 de abril de 2016

Nada más llegar al campamento por la mañana, supimos que algo iba mal. Había un ambiente enrarecido, una tensión palpable, un hedor a pérdida. No tardamos en descubrir qué sucedía. Una ambulancia. Mucha sangre. Decenas de refugiados gritando y circulando, nerviosos. Un policía acababa de atropellar a un hombre. Se comentaba que había sido a propósito. Otras versiones hablaban de un accidente. Un montón de refugiados golpeando una furgoneta policial. Antidisturbios llegando de todas partes con las máscaras anti-gas. Miedo, incertidumbre, confusión.

Transcurrieron las horas y la sensación se fue calmando, pero la tensión que vivimos en esos instantes fue notable. La mínima chispa podría haber desembocado en una batalla campal donde la policía, en poco tiempo, habría masacrado cualquier forma de rebelión. Afortunadamente, nada sucedió.

Tras ese incidente nos dimos cuenta de la gran manipulación de los medios de comunicación, información sesgada, muchos hechos dados por verdaderos, titulares confusos creando falsas realidades, como por ejemplo La Sexta, donde aseguraba que esa tarde los policías habían intervenido con gases lacrimógenos, cosa que no ocurrió. Y también a la inversa. Protestas pacíficas que son criminalizadas, supuestos líderes de rebeliones que en realidad son solo gente que intenta ayudar. Demasiadas versiones y pocas ciertas.

Por la tarde, trabajamos una vez más con Hot Food Idomeni, repartiendo comida y en los descansos jugando con los niños en la cola y dándoles crema solar en sus caritas. Era entrañable cómo se acercaban un montón de niños de todas partes extendiendo sus manitas y pidiendo crema, sonrisas, amor. Los adultos son también muy agradecidos. Cada pequeño gesto lo valoran muchísimo y lo demuestran con sus palabras y múltiples ofrendas.

Al atardecer fuimos de nuevo a Eko, a visitar a Nasiba. Le dimos un par de chaquetas que habíamos conseguido en el almacén y ella nos invitó a tomar café con su familia. Extendió una alfombra en frente de su tienda y nos sentamos todos allí. Nasiba, su primo, una amiga cercana y sus dos hijas. Todo muy acogedor. En este momento Nasiba nos narró su historia:

Nasiba estudió ingeniería en la Universidad y, tras finalizar sus estudios, se casó y encontró un trabajo que le gustaba. Formó una bonita familia y construyó su hogar en Siria. Al estallar la guerra, todo cambió. Al principio no quería irse, pues tenía un buen trabajo y una gran vida en su ciudad, pero tras perder a seis seres queridos (entre ellos su madre, su hermana y su sobrina), huyó con su familia a Turquía. Para lograr este primer paso tuvieron que pagar 1600 euros por adulto (y la mitad por niño). El camino era duro, pero mucho más la incertidumbre de no saber. En este momento hacía 45 días que se encontraban en EKO. A pesar de tener, de cuando en cuando, disponibilidad a internet, Nasiba desconoce la situación política en Europa, el tratado de la UE con Turquía. Se ve tentada de pagar a las mafias para cruzar la frontera con un pasaporte falso, pero las condiciones no se lo permiten: 3500 euros por persona y ninguna garantía. Muchos han sido los refugiados estafados por las mafias, perdiendo su dinero y su dignidad en el proceso. Nasiba se aferra, como muchos otros, a la utopía alemana y desecha la posibilidad de vivir en otros países de Europa. La mujer nos decía que prefiere la vida en el campo (a pesar de repetir varias veces que las condiciones del mismo no eran humanas), rodeada de gente de su misma comunidad, que sola en un país en el que sea difícil conseguir trabajo. Pero ese es su caso, otros han decidido regresar a Siria, desesperanzados y cansados de esperar una oportunidad que no llega.

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Aquella noche hicimos una hoguera en el camping del Park Hotel con los demás voluntarios. Cocinamos en el fuego al son de unas canciones checas que hablaban de amor y de guerra. En ese momento advertimos cuán humanos estaban siendo nuestros días allí. La naturaleza, la paz de las gentes, la sencillez. Tanto en Idomeni, como en Polykastro. La vida junto a los demás voluntarios fue estupenda: la gente  era abierta y bondadosa y hacían muy entretenidas nuestras noches. Estuvimos muy a gusto. Conocimos muchas personas llegadas de todas partes del mundo y nos llevamos una alegría muy grande al descubrir que la mayoría de los voluntarios eran españoles. Fue un orgullo comprobar que la bondad de las personas prevalece muy por encima de la de los que las gobiernan.

19 de abril de 2016

Mañana de cocina con Hot Food Idomeni, compras de cremas solares para distribuir en el Hamman y la enfermería, visitas a nuevos amigos, historias voladas en nuestros oídos. Oímos hablar por primera vez de Osman, un niño con parálisis cerebral cuya familia se desvivía por ayudarle. Supimos de una niña que volvía a Siria porque sus padres estaban cansados de esperar en la frontera; los mismos padres que habían decidido huir del país porque ISIS entraba en cada casa a violar a sus mujeres, sin escrúpulos.

En nuestro camino hacia la zona de taxis (habíamos quedado con los bomberos para ayudarles con la repartición de leña), una joven siria nos invitó a tomar té y a fumar shisha con ella. Ruqia nos habló de la vida en Siria, de los matrimonios llevados a cabo sin conocer casi a la persona, de la importancia de la familia en su sociedad. Nos sorprendió su rostro delicadamente maquillado y su móvil nuevo con acceso a internet; resultaba paradójico en contraste con la pobreza que emana Idomeni. También nos habló de su llegada al campo. Sola, triste y hambrienta, y de la gran ayuda humanitaria que unos voluntarios griegos le dispensaron.

Al atardecer, nos unimos a un grupo de personas que bailaban en círculo la danza típica de su país. Era bella y enérgica, y los bailarines se mostraban muy apasionados. Bailamos con ellos, algo torpemente, riendo y disfrutando de la calidez de sus almas y de los últimos rayos de sol. Sobrevino la noche, templada y perfumada por un té dulzón que regalaban en una carpa. Era nuestra última noche. ¡Qué breve el tiempo en Idomeni! Qué extraño, la felicidad y la nostalgia acurrucadas en un mismo lugar.

20 de abril de 2016:

Un viento huracanado nos despertó a las 4 de la mañana. Recogida de tiendas, maletas al coche, los últimos adioses. Nos preguntábamos cómo estarían viviéndolo en Idomeni. Tenía que resultar difícil dormir de este modo, y aun así sería, sin dudas, mucho mejor que las lluvias pasadas.

La nostalgia colmaba nuestros corazones. Demasiadas emociones en demasiado poco tiempo. Una experiencia enriquecedora para nosotros, una gota en un océano para los refugiados.

No importa qué digan en los medios de comunicación, lo que comenten los vecinos o leamos en algunos panfletos. A veces la realidad está adulterada y la única manera de aproximarse a la verdad es ver con los propios ojos o asomarse a aquellos que han tenido la oportunidad de ver. Los refugiados son personas, seres humanos como nosotros, anhelantes de una vida digna que les ha sido arrebatada. Muchos tratan de criminalizarles (equiparándoles, desde la ignorancia, con los terroristas de los que ellos mismos huyen) o de animalizarles (no tratándoles desde la igualdad, sino con un estatus inferior que les niega la propia autonomía), obviando el hecho de que son víctimas de una guerra que no han elegido, que los países ricos han financiado y que ahora ellos tienen que pagar. Víctimas, sí, pero también personas muy válidas, inteligentes, trabajadoras, humildes, cercanas. Es un crimen negar la hospitalidad a quien lo necesita, ignorar su sufrimiento y condenarle a la incertidumbre y a la miseria. Esta es su triste realidad. La dura espera del que se aferra a lo imposible para otorgar un futuro mejor a aquellos a quien ama. La esperanza aferrada de una compasión que tal vez nunca llegará.

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