Bruselas, vida y vuelo

Es muy diferente hablar de una ciudad cuando se es visitante que cuando se ha vivido en ella durante un año entero. Las experiencias vividas en sus plazas y bares, los rostros conocidos del panadero o del vecino de en frente, el sonido de la cerradura del antiguo piso de Avenue de la Couronne – el que fue mi querido hogar belga – influencian todo lo que os voy a contar sobre Bruselas. También lo hace el hecho de que ya han pasado dos años desde que dije adiós a una de las etapas más importantes de mi vida, mi Erasmus en Bélgica.

Por Laura

El 12 de septiembre de 2013 aterricé en el aeropuerto de Charleroi. Tras averiguar que el taxi era la opción más económica, me dirigí rumbo a la Gare du Midi, en Bruselas, donde me topé con el murmullo de lenguas autóctonas y forasteras, el trasiego de los turistas y de los ejecutivos, las huellas de los afortunados con maleta y las de los malaventurados con una manta por todo bagaje, el olor del café recién hecho, el trajín de los trenes, el monótono chiflido de los antiguos tranvía, los carteles que anunciaban en bilingüe múltiples destinos que yo tan sólo comprendía en francés. ¡El flamenco era tan enrevesado!

Pronto me enamoré de la incertidumbre. No saber qué depararía el mañana me cautivaba. Todos los días eran potencialmente maravillosos, todas las personas posibles amistades. La flojedad de mis músculos y el cansancio acumulado eran tan solo livianas secuelas por las que estaba dispuesto a pasar siempre que viajar fuese el fin último.

Yo vivía en el barrio de Ixelles, situado al sur de la capital. Barrio estudiantil, rebosante de juventud y de vida, especialmente porque daba cobijo al campus Solbosch de la Université Libre de Bruxelles. No obstante, no me voy a detener en esta entrada en los datos o recomendaciones, de eso ya os hablé en Erasmus en Bruselas. Esta vez, me interesan más las sensaciones. El camino lineal de mi avenida hasta el kot de mis amigos de Chaussé de Bondaael, acompañado de una fragancia a gofre que vigorizaba los pasos. Nuestro trote a Bois de la Cambre, parque de confesiones y delirios, picnics bajo un ardiente sol de febrero y melancolía entre la lluvia de agosto (¡así de loco es el clima bruselense!). Planes surgidos de la nada, festivales, tardes de Cara Pils (la peor cerveza del mundo) y frites, mojitadas en una pecera y borracheras que no siempre acababan en fiesta. Cuelgues de tinta y papel. Una nueva familia a mil kilómetros de casa.

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Alguna que otra vez nos dejábamos caer por el Atomium, uno de los más recientes y populares monumentos de Bruselas. Sin embargo, preferíamos deambular por el centro de la ciudad. Clásico y hermoso, invitaba a perderse por sus callejuelas empedradas, a vivir nuevas aventuras en antros de cojines y velas, a disfrutar de su música callejera y a practicar nuestro francés con los autóctonos. Los belgas son muy extrovertidos y amigables, así como un poco lunáticos también.

En Bruselas no había nunca tiempo para detenerse. Habituado a la tranquilidad de las pequeñas villas, la capital de la cerveza se me antojaba a ratos misteriosa, a ratos monstruosa. Tan pronto me intrigaba el afán de sus gentes y colores como me horrorizaba vivir en un lugar donde cada individuo no era sino una hormiga que iba y venía, hacía y deshacía, lo que quisiese, pero velozmente. Metro, autobús, tranvía.

Siempre corriendo a un destino que, por muy importante que fuera, no lo era más que la propia salud. ¡Y eso que no era París, o Londres! Pronto me acostumbré al ritmo vertiginoso del que mira sin ver, porque todo escenario ante sus ojos es vulgar en su atosigada cabeza.

Nunca fue mi ciudad preferida, pero aprendí a amar su encanto particular. El vagabundeo abrupto du Centre Ville, la fachada de la Bourse, punto de encuentro por excelencia, el crujido de las grasientas frites de Fritland (acompañadas de, cómo no, salsa Andalouse), l´eglise de Saint Nicolas, la rue des Bouchers (atestada de camareros sabuesos capaces de reconocer nacionalidades a más de diez metros de distancia), la cata de las miles de bières del aclamado bar Delirium, les Galeries Royales Saint-Hubert (tan opulentas como el día de su creación –cuentan que desalojaron a los ciudadanos que allí vivían para construir un mercado cubierto para que la clase adinerada se proveyese de pieles, dientes de marfil y demás “honestas” exquisiteces), la catedral de Saint Michel y Sainte Gudule, le Mont des Arts (avec les meilleures vues de toute Bruxelles), el Manneken Pis (curioso y delusorio símbolo nacional), el despampanante dulzor de los gofres sobre el tapiado río Senne y cómo no, la Grand Place. Maravilla europea, empalagosa joya de la arquitectura belga. Cosmopolita, dorada, sublime.

Recuerdo mi etapa en Bruselas como el año en el que crecí y aprendí de verdad. Tan lejos de casa, vulnerable ante la incertidumbre, víctima y favorecida de los caprichos del destino. Me gustó un año tan diferente, ser capaz de desenvolverme por mí misma, comenzar a desear viajar con más fuerza que nunca. Al mismo tiempo, averigüé que no me interesan las grandes ciudades para vivir, que ir y venir entre ruidos y peligros constantes es menos sano y que pasado un año, se puede echar mucho de menos el hogar del que tanto se ansía escapar en un principio. Si amé mi vida allí fue especialmente por los amigos que me acompañaron, que me arrancaron las mejores sonrisas y apartaron muchos de los fantasmas que me habían hincado los dientes. Ellos sí son Bruselas. Gracias, familia 🙂

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2 comentarios en “Bruselas, vida y vuelo

  1. Mª Rosa Palacios Ramos dijo:

    Allí viví también yo a través de tus pensamientos. Disfrute de tus viajes que me relatabas con tanta pasión y alegría que creí estar en ellos. Sentí tu felicidad y tus añoranzas. Sufrí con tus tristezas y me deleite con tu dicha. Luego fui a visitarte y me mostraste los lugares mas bonitos de Bruselas. Compartiste conmigo cinco días de tu eras-mus y me presentaste a tus amigos tan queridos por ti a los que nunca olvidaras. Allí sentí la gran satisfacción de ver que mi hija era ya toda una mujer. Esa mujer que eres hoy de la que tan orgullosa he estado siempre.

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