Memorias de Bombay (Parte II)

EL TERCER DÍA. VISITA AL TEMPLO VIPASSANA PAGODA.

La llegada el templo fue impresionante. Era la primera vez que veíamos algo así y nos impactó mucho. Su color, sus formas, sus detalles… todo nos asombraba, era muy exótico para nosotros y muy diferente a cualquier cosa vista con anterioridad.

 Un rickshaw a Gorai Beach, un ticket de 50 rupias y nos embarcamos hacia el templo de Vipassana Pagoda en una breve travesía de 15 minutos. Desde la lejanía se nos mostraba imponente entre la maleza, con su color completamente dorado. Nada más desembarcar en el muelle pudimos elegir dos caminos, uno llevaba al templo y el otro al parque de atracciones EsselWorld. El coste y la poca motivación nos hicieron rechazar el parque al instante.

El templo fue erigido en honor a Myanmar por haber apoyado y difundido las enseñanzas del Buda. Está dedicado a la meditación Vipassana y no cobra ninguna entrada. Se mantiene gracias a las donaciones de la gente. En este templo budista se practica el Vipassana. No se trata de ningún movimiento sectario, sino de un estilo de meditación cuya filosofía procede directamente de las erudiciones del Buda transmitidas por el maestro Goenka. Aquellas personas que ya hubieran realizado un curso de 10 días de meditación tenían la posibilidad de entrar a meditar en su interior. En nuestro caso, nos conformamos con comprar un libro ¡en castellano! para empezar a comprender desde el principio.

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Las paredes del gran templo tenían numerosos escritos. Éstos son algunos de los que más nos impresionaron:

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¡Fue una visita hermosísima! Al acabar recorrimos el barrio de Malat, en el norte de Bombay, y entre la multitud, encontramos un banco en un lugar idílico para descansar. Estaba lleno de basuras, ratas y gatos, pero para nosotros era ideal. Se encontraba elevado, por lo que nos permitió observar la ciudad por más de una hora. Fue algo diferente y tranquilo, como hallarse fuera de una obra de teatro, espectadores de la comedia y el drama de la vida. Nadie nos veía, nos cuba un telón invisible que nos escondía de la indiscreción.

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Nuestra cena con Devrat fue fabulosa. Chapatti, puri bajhi y de postre gulab jamun. Aquí comprendimos porqué los indios comen con las manos: cada dedo representa un elemento de la naturaleza: tierra, agua, fuego, aire y espacio. Además, tratan de masticar despacio, pues la tensión de la mandíbula está relacionada con la ira, la cual tratan de evitar a toda costa. Devratt, que era vegetariano, decidió hacer aquella noche una excepción. Eso sí, nos dijo, nunca se deben comer dos carnes distintas en la misma comida, ¡no es sano ni ético mezclar dos energías diferentes a la vez!

EL ÚLTIMO DÍA

Nos levantamos temprano para disfrutar de nuestro último dia en Bombay. Por la mañana fuimos a comprar los tickets para Goa y luego nos dirigimos al templo de Mahalaxmi, uno de los más antiguos de Bombay, dedicado a Mahalakshmi, la deidad central de Devi Mahatmyam.

Tras recalar en nuestra parada caminamos por una anchas avenidas con el toque personal de Bombay, suciedad, gente y ruido. Niños harapientos clamando una moneda, sonrisas desdentadas, súplicas conmovedoras.  Llegamos al templo y entre algunas fotos y saludos accedimos al templo de Marahaxit. La zona no es solamente el templo, sino que es un pequeño “barrio” donde hay varias capillas hindúes, souvenires y puestos de comida.

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Caminamos unos 10 minutos por sus calles y llegamos a las faldas de unas escalaras que conducían al templo. Había que quitarse los zapatos, así que sentados en el suelo entre toda la multitud “los intocables” se ofrecieron a guardar los pares por 5 rupias.

Al entrar en el recinto nos topamos con varios compartimentos con largas colas para dar ofrendas de coco y flores a los dioses. Dentro del templo se podía sentir una gran energía: la de las oraciones de todas gentes de la India que confluían en su seno.

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A la salida del templo, topamos con un lugar lleno de magia. Después de dar la ofrenda a los dioses se llega al mar, donde todos los malos sentimientos se evaporan con el agua. Los peregrinos se amontonaban junto a la valla que separaba el agua de la tierra. Los indios jugaban con las olas, cuyas gotas saladas salpicaban en sus rostros sudorosos, mientras los perros  husmeaban por doquier. Nos pareció increíble este pedacito de nada.

Antes de abandonar el templo nos topamos con el Muro de los Deseos, donde los indios trataban de fijar sus monedas con el fin de que se cumplieron sus deseos. ¡Intentaban por todos medios  que no cayeran en la urna! Alguno lo consiguió, al igual que Laura, quien pegó un stontinski búlgaro y quedó aferrado en la pared, ¿se cumplirá su deseo?

Llegamos tarde a coger nuestro bus a Goa pero ¡adivinad qué!, nuestro bus se retrasó una hora y media. Así que nos dio tiempo a comprarnos unas samosas y unas galletas y a disfrutar de la paz de estar esperando sin ningún problema.  En nuestras esperas también ayudan las conversaciones, las miradas y las sonrisas de la gente. Esta vez nos hicimos amigos de un hombre de Bangladesh. Curiosamente a este muchacho le pareció que Bombay era una ciudad limpia. Nos pareció gracioso, ¡si viajara a Europa!

Así se nutren nuestras días, más allá de las visitas de rigor, con encuentros y charlas; como Laura con la mujer mayor del autobús (que la aseguró ser hinduista pero creer en un dios común para todo el mundo) o el taxista que alucinaba con Sergio porque se estaba liando un cigarro.

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Bombay es una feria perpetua, nunca duerme, siempre llena de vida.  Tan cruda y cálida como uno desee, una experiencia digna de vivenciar. Animamos a todo el mundo a empaparse de la vida de un día cualquiera en esta urbe. Un poco lejos de la comodidad del hotel y de los coches. Apretujados en el tren y en el interior de un hogar indio es donde de verdad se sumerge uno en la cultura. Nosotros la disfrutamos a nuestra manera, con tranquilidad, adaptándonos a sus costumbres y maneras y sin pretender cambiar nada, observando y viviendo como un Bombayes más unos días fabulosos de Junio. Es difícil, pero procuramos no juzgar, sólo respirar y vibrar en su misma sintonía.

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