Haridwar, la ciudad que no amaba a los turistas

Tras nuestra visita al que dicen el mausoleo más bello del planeta, el Taj Mahal, llegamos a la ciudad de Haridwar sobre las 6 de la mañana. La ciudad sagrada nos recibió, como ya nos era habitual en India, con un calor sofocante, una gran muchedumbre ruidosa y una bonita sorpresa: el hermoso río Ganges, de un color turbio y fangoso, pero vital y salvaje, como el vientre del que nace.

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La llegada fue muy dura. No teníamos dónde dormir así que decidimos patear para encontrar un lugar donde hospedarnos. Nos equivocamos de dirección y nos dirigimos hacia la parte derecha de la ciudad, donde los hostales no bajaban de 1000 rupias por habitación. La alternativa eran una especie de guest houses conocidas como “dharamsala” en las que nos denegaban el acceso y otra vez. Only for Indian people. ¡Estábamos desesperados! Normalmente, al bajar del autobús, nos hostigan decenas de personas para que acudamos a sus hostales. En Haridwar, no nos aceptaban en ningún alojamiento que nos pudiéramos permitir económicamente.  Estuvimos más de 3 horas con las mochilas, sudados y muy cansados,  tratando de negociar precios. Abatidos, paramos en un restaurante a comer algo y a descansar. En ese momento conocimos a una familia india, le explicamos nuestro problema y nos dejaron su teléfono móvil para que buscáramos hostal. ¡La gente india tan dispuesta a ayudar siempre! La mayoría de los hoteles que aceptan a turistas se encuentran al otro lado del puente (así que cuando lleguéis a Haridwar y queráis buscar un lugar para dormir id hacia la izquierda al cruzar el puente, en dirección al Gath principal). Es así como llegamos al hostal Hariganga, bastante barato (300 rupias) pero ni bueno ni bonito. Pero solo queríamos una cama asequible.

Después del descanso y acomodación a la que sería nuestra próxima vivienda por un par de días, salimos a descubrir la ciudad. Tras algunas compras de agua y plátanos, regateando como siempre (¡hay que ver lo que les gusta triplicar el precio original de los productos!), nos adentramos dentro de su Bazar. Un hermoso paseo entre sus tiendas y vendedores. De nuevo los colores, aroma a masala y curry, cientos de estímulos y las dichosas motos, pitando a nuestras espaldas y rozándonos con su impaciencia.

Hardiwar, ciudad de peregrinaje al igual que Varanasi (la cual finalmente no hemos tenido el placer de visitar) estaba atestada de turistas indios. Perdimos la cuenta de las fotos y el agobio que llegamos a padecer. Si nos deteníamos a descansar, a beber agua o simplemente a fumar un cigarro, teníamos en poco espacio de tiempo una multitud de indios haciéndonos fotos, observándonos con sus miradas penetrantes o tratándonos de vender cualquier baratija. En esta ciudad no estaban acostumbrados a los turistas. Éramos como una atracción de feria. Nos costaba entender ese excesivo interés, teniendo a sus pies la belleza arrebatadora de El Ganges.

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Recorrimos las pasarelas del río, visitamos la Torre del Reloj y nos descalzamos para entrar en el Gath de Har Ki Pauri. Indescriptible. La multitud se bañaba y disfrutaba del agua en familia, como si se hallaran en medio de una gran fiesta donde todo el mundo sonreía y estaba feliz. En efecto, ellos estaban festejando. Agradeciendo a sus deidades por medio de pujas (ofrendas) y cánticos. Cada día, al caer el sol, es posible presenciar el Aarti, ritual hinduista celebrado en el río Ganges, donde los indios otorgan ofrendas a los dioses y lanzan las cenizas de sus difuntos. Cada persona lo vivía de una manera; algunos más devotos bañando su pies en el río, otros lanzando barquitos al agua y prendiéndoles fuego; los más tímidos se santiguaban desde la lejanía admirando el espectáculo.11

Sus grandes monumentos, sus puentes y su poco espacio para estar tranquilos nos recordaba a una gran feria, pero así es Haridwar cada día, un festival constante. Es  un lugar precioso, más reservado a las gentes indias. No nos cruzamos con ningún occidental, todo lo contrario que en Rishikesh y Dharamsala, nuestros siguientes destinos.

Nuestra estancia en Haridwar está hecha de recuerdos: fotografías tratando de captar la esencia de una belleza que a veces no nos era legítima; la conversaciones con personas que nos explicaban los rituales o nos contaban de dónde procedían. El tatoo de henna que se hizo Laura, el popular símbolo del OM, de la fortuna y la protección. El momento en que entramos a comer en un restaurante indio y casi nos explota la cabeza al estar todo escrito en Hindi y demás retazos de encuentros y reflexiones.

Mucha gente, muchas miradas, ruido, y al final de la tarde algo de paz cuando nos sentamos al borde del río, al otro lado del Gath. Después de nuestro descanso asistimos a la ceremonia del Aarti, lo presenciamos desde uno de los puentes junto a una familia india, que nos explicaba lo que sucedía a cada paso. También pudimos seguir lo que ocurría dentro del Gath gracias a una pantalla gigante situada en la montaña que se veía desde todo Haridwar.

Haridwar se nos antojó muy bello, con mucha energía, pero también duro por la cantidad de gente, el calor y masificaciones. Es un lugar difícil para encontrar un lugar donde detenerse y relajarse, reflexionar y adentrarse dentro de uno mismo, así que recomendamos dejar fluir y mezclarse con el ambiente, ir con calma y sentirse un indio más. Haridwar no es demasiado amable con los turistas, no nos da las facilidades de otros lugares de la India, pero nos confiere su lindeza y su verdad; nos regala su espiritualidad y la fe de las almas devotas; la pureza de una gente que ha hecho del Ganges su hogar. 

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