Reflexiones desde el ashram

Los días pasan rápido. En algunas ocasiones acontecen miles de cosas. Aventuras, conversaciones, paseos, sabores. Otras parecen evaporarse de forma más insulsa entre ineludibles sueños y tomas de energía. A veces parece que el día rebosa intensidad y otras que se ha perdido el tiempo. Pero el tiempo no puede perderse, ni atraparse; el tiempo transcurre y ya está. Lo que quede, se quedó. Todo es importante y nada lo es en absoluto.

(Por Laura)

Algunos días me siento vacía, en el sentido de apenas poder extraer la esencia de lo que estoy viviendo estos días. Otros me siento llena, pletórica. Qué importa analizar, sino vivir, con poco, muy poco. Avanzar hacia ninguna parte. Ser, aquí y ahora. Tratar de lograr el equilibrio y la ecuanimidad, como trataba de mostrar el Buda, y no enredarnos en deseos y aversiones, en pasiones y encrucijadas que nos torturan el alma.

La India es un viaje intenso. Llevamos 20 días de viaje mientras escribo esto, más 2 en Dubai. No estoy cansada de viajar, aunque reconozco que por una parte anhelo llegar a un destino más tranquilo. Confío en que Nepal sea más bondadoso con el viajero en ese sentido. A veces me pierdo entre el ruido, los estímulos, la gente pidiendo fotos e información. Me pierdo entre las masas. Anhelo el canto de la naturaleza (una naturaleza limpia y respirable). Admirar un paisaje en paz absoluta. Echo de menos la montaña. Quizás aquí podamos hacer trekking un día. Me encantaría. ¿Estará sucia la montaña también? Oh, madre naturaleza, mi alma llora un poquito por ti. Sé que este pueblo es amable con los animales porque no los mata para comer (aunque camellos y caballos están esclavizados igualmente), pero los árboles, los ríos, el mar… Son macabros vertederos. Uno no puede pasear sin oler a mierda, sin maldecir al ser humano por la insensibilidad de sus actos, por el egoísmo de unas manos que se ensañan con el templo que les da la vida. No me gusta juzgar, ¿quién soy yo para hacerlo? Pero, en ocasiones, causa dolor contemplar una tierra que no es mimada por el pueblo que la explota.

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Sé que necesito ser ecuánime. Normalmente lo consigo, con cierta dificultad, serlo con la gente pobre, incluso con los niños y ancianos mutilados que piden dinero desesperados, abandonados a su suerte en las sucias calles. Me cuesta aún más no sufrir por los animales y la naturaleza. Debo seguir avanzando, supongo. Compadecerse no lleva ninguna parte. Solo la acción equilibrada puede.  Mi corazón sangra y a la vez disfruta con ser testigo de lo diferente. Además de la majestuosidad de los paisajes y de la amabilidad y colectivismo de sus gentes, pienso que están mucho más avanzados en varios aspectos que en mi tierra. Por ejemplo, la medicina de Oriente frente al inflexible cientificismo occidental. Un pensamiento que insta a cuidar de la mente, del cuerpo y del espíritu a partes iguales; que instruye en yoga y meditación, reiki y medicina ayurvédica; que toma lo que a nuestro alcance disponemos para lograr la sanación; que no atiborra de píldoras sino de consejos justos; que no adoctrina sino anima a pensar. Un pensamiento así no puede sino proceder de uno de los pueblos más sabios de la historia de la Humanidad.

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El tiempo pasa y la India cambia a ser de lo que no es y creímos que era a lo que realmente es. ¿Pero qué es si se mueve tan deprisa, si es un pueblo tan heterogéneo y bebe de fuentes tan distintas? ¿Qué es si lo malo es tan malo y lo bueno tan bueno? ¿No dicen a caso que en la vida nada es blanco ni negro, sino gris? No obstante, todo el mundo habla de la India con amor y con odio, con una pasión que arrebata hasta las palabras. Pero India no puede ser su basuraa pesar de que muchos turistas a la vuelta a casa parezcan tener solo recuerdos de lo sucias que estaban sus calles – y mucho menos ahora que se ha puesto en marcha en Bombay un proyecto de limpieza de sus playas, y que muchos carteles y colectivos ya empiezan a ser semilla de la revolución ecológica (o eso quiero creer); no puede ser el ruido, el caos, las tradiciones machistas y el calor agobiante, ese que casi no te deja ni respirar. No puede ser eso y a la vez ser el paraíso, la cuna de la sabiduría oriental, la madre de las miradas más intensas que jamás hayamos visto, creadora de almas buenas y curiosas. Pues sí, lo es. Blanco y negro,al mismo tiempo. En India no existe el color gris.

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Un comentario en “Reflexiones desde el ashram

  1. Rosa dijo:

    Leo y releo el gran viaje que hicisteis el verano pasado y siento como si yo hubiera participado en el. Cada paso dado, cada experiencia vivida envuelve mi alma en un deseo de conocer lo que vosotros conocisteis y ver lo paisajes y las gentes que vuestros ojos vieron. Gracias por compartir esa experiencia que nunca olvidareis.

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