Desde Katmandú

Llueve desde el aeropuerto de Katmandú. Es 21 de julio y diluvia como si no hubiera mañana. Se extraña un verano sin lluvias, pero es el precio que hemos de pagar por la fortuna de nuestro camino. En unas horas volamos a Kuala Lumpur, en Malasia.

Estos días han pasado muy rápido en Nepal. Hemos disfrutado mucho y, al mismo tiempo, llevamos un sabor agrio en el paladar. Quizás todo haya sucedido demasiado rápido como para que se nos impregne su dulzor. Aunque más bien creo que nuestro error ha sido buscar la India en cada rincón de este país. Aunque se asemejen, son dos estados diferentes, dos culturas distintas, y a eso nos costó acostumbrarnos. Rasgos similares (aunque las facciones más achinadas), pero conductas desiguales. En India siempre había sonrisas, peticiones de fotografías, miradas que nos seguían porque sentían curiosidad. Ansiaban saber nuestros orígenes, nuestros nombres, nuestras profesiones. Hacíamos amigos en los sitios más insospechados, nos ofrecían comida, palabras amables, ayuda. En Nepal no ha sido así. La gente es agradable, sí, pero siempre buscando algún beneficio. No nos hemos sentido parte de ellos en ningún momento. En Nepal hemos sido turistas, forasteros; su prioridad era siempre sacarnos dinero.

Cualquier conversación amable acababa en un “give me money”, “50 rupees, please” o “come to my restaurant”. Había que pagar dinero por entrar a plazas, a templos o, en algunos casos, a meros barrios. Era difícil negociar en hostales y también lo era encontrar restaurantes con precios locales para extranjeros.  La gastronomía tampoco nos ha conquistado. Más que nada, porque es difícil encontrar comida puramente nepalí (a excepción del popular Dal Bhat). En las cartas hay platos indios, tibetanos, chinos. Muchas veces también los hay continentales. Pero nepalíes…

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Supongo que no es muy justo escribir esto si consideramos que Nepal es, al mismo también, un país con una cultura fascinante, los paisajes más hermosos que jamás hemos visto y una población fuerte y luchadora que, recientemente – en abril de 2015 – han sobrevivido a un terremoto devastador. Nepal sufre una de las mayores crisis humanitarias del mundo y nosotros andamos quejándonos porque intentan cobrarnos por todo… La verdad es un tema controvertido que da mucho para reflexionar. Al fin y al cabo, no todos los viajeros disponemos del mismo presupuesto.   Hemos visto turistas que entraban en los restaurantes más caros y realizaban todas las actividades posibles (parapente, safari, trekking, paseos por el lago…) sin reparar en su precio. Para ellos, estamos seguros, Nepal es un país muy barato con una gran oferta de ocio. En nuestro caso, y en el de muchos mochileros, la realidad es diferente. Viajamos con poco dinero, tratamos de comer en los mismos restaurantes que los autóctonos (indicativo de buena relación precio/calidad), nos gusta hablar con los locales, perdernos por las calles, mirar, pasear, descubrir, fundirnos. En la India era posible, pero  no es tan fácil en Nepal, donde tratan de vendernos y cobrarnos de más solo por respirar. Nos sentimos, a veces, culpables de venir de países “ricos” y no cumplir con las expectativas de los nepalíes. No compramos de todo, no entramos en todos los museos, no respondemos a todas las limosnas. Sus intentos de interactuar con nosotros acaban siempre con muecas de decepción. No les daremos regalos ni dinero. No nos necesitan. Nos sentimos culpables, pero en el fondo somos gente corriente que también ha sido traicionada por sus países de origen. Jóvenes con el futuro truncado. ¿O tal vez deberíamos asumir la responsabilidad del azar de nacer donde hemos nacido? Puede que sí. Al fin y al cabo nosotros algún día volveremos a la comodidad de Europa y ellos seguirán aquí, anclados a una vida de pobreza material. Porque eso sí, sus espíritus rebosan fortuna.

Negatividad aparte, nuestros sentidos han sido más privilegiados que nunca. ¡Qué belleza rezuma Nepal! Verdes campos de arroz, dulce naturaleza salvaje, animales libres (¡qué delicia ver corretear cabras y pollos por doquier!), templos bellísimos y, cómo no, el Himalaya coronando su cima. La blancura casi perfecta que la niebla se ha empeñado en ocultarnos. En Nepal no existe tanta suciedad como en India, ni las ciudades son tan ruidosas y caóticas. La gente es más tranquila y educada. ¡Ay, otra vez comparando! Quizás debamos quitarnos esta manía y simplemente apreciar cada lugar por cómo es en sí mismo, sin considerar los que le preceden ni aquellos que estén por llegar.

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