Desnudando el alma en el sur de Camboya

Por fin podemos detenernos. Llevamos muchos días sin poder parar. Ritmo frenético. Aquí el tiempo transcurre despacio y dulce, la lluvia cada treinta minutos impide arrancar grandes planes. Nuestro ya escaso presupuesto contribuye al descanso. De viaje a veces uno no sabe cuándo parar. El alma se revuelve inquieta por caminar, probar, descubrir, hablar con nuevos conocidos… Pero el cuerpo arrastra un cansancio añejo. Por fin paramos. Cura de reposo (como decían en el libro La Montaña Mágica), en las hamacas de “la República del Mono”.

(Laura)

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Observo a Sergio mientras su cigarrillo se consume poco a poco entre sus labios. Cada día él es más libre. Me gusta ahí tendido, frente a una gran palmera que vela nuestro descanso. Lluvia de nuevo. El cielo parece una lámina de aluminio, plomiza y chirriante. El agua se precipita, pero no nos moja. Ayer nos golpeaba los rostros salvajes cuando bajábamos la montaña Bokor con la moto. Hoy damos tregua a nuestros ojos cansados. Nuestro refugio, por un instante, hasta que armemos de nuevo las mochilas y pongamos rumbo a Vietnam.

Es por fin en el sur de Camboya que he comprendido que no quiero viajar más de deprisa. 3 meses es poco tiempo y nuestro viaje ha sido ambicioso… La próxima vez quiero ahorrar un poquito e ir sin fecha de regreso. Prolongar mis estancias, que la cura de reposo no sea privilegio sino condición innegable. No decidir tanto dónde ni cuándo, sino fluir al margen de las horas y los transportes turísticos.

Viajar más a dedo y ser menos turista y más viajera. No puedo quejarme, pues sé que no hemos sido turistas más. Hemos viajado con un simpático camionero que cantaba por las polvorientas carreteras de Camboya, hemos reído, aprendido y fumado biris en las calles de la India, hemos conocido el hogar de anfitriones malayos, hemos comido en el suelo tailandés y probado los más extraños sabores nepalíes. Nos hemos enfadado con los turistas tipo y, reencontrado y equilibrado, sabiendo que ni somos tan diferentes ni tan parecidos, pero ambos somos a nuestra manera.

Creí que aprendería tantas cosas en el viaje y aunque han sido muchas sobre el mundo y la hospitalidad, aún mi alma sigue siendo la gran desconocida. Creí saberla como la palma de mi mano, pero me descubro flexible y versátil, tan loca que me torno impredecible. Y al mismo tiempo, en ocasiones busco lo estructurado, temerosa de perderme en un océano de ofertas y destinos, en un mundo incontrolable del que por mucho que camine solo acabaré recorriendo una ínfima parte. Y conociendo aún menos. Tan solo una minúscula parte que mi cabeza subjetivice, que mi cerebro interprete tras la ya interpretación de otras mentes diferentes.

Los viajes no son perfectos. A veces me enfado tanto que parece que los ojos saldrán de mis órbitas y mis tripas se harán puré. Se pierde dinero, dinero guardado tras comer no tan bien como se desea, tras dormir no tan bien como se requiere. Y el dinero se evapora. La gente no es como uno quiere, los destinos a veces no son tan fascinantes (otras lo son más). Idealizas y pierdes. Ahorras y pierdes. Las expectativas casi nunca se cumplen y uno se desmorona. Esto no lo suelen contar en los blogs de viajes en los que todo el mundo habla de la felicidad del camino. Y las desgracias, ¿qué? ¿Por qué la rutina es igual a miseria y el viajar es solo alegría? ¿Qué pasa, nunca sufren las almas nómadas?

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Pues sí. La vida de nadie es perfecta, a no ser que haya alcanzado la iluminación, claro. La cuestión es hasta qué punto compensan todas esas pérdidas. Si un atardecer en una isla paradisiaca, si una canción en los labios de una niña, si una mirada cómplice, una sonrisa sincera compensa algunos dolores. Si la libertad que supone el movimiento compensa el mono de sentirse estático. Si las sorpresas sopesan los desengaños. Si el ser dueño de uno mismo (paradójico), libre de equivocarse, de escribir y reescribir, de ir y volver, de compartir y vivir como se quiere, compensa la renuncia a la comodidad.

Si a la libertad le restas el sacrificio de comer pan duro en una estación de tren, dormir y llenarse de chinches, ser estafado una y mil veces y creerse tirado en medio de un camino, y la felicidad te inunda el corazón, la vida nómada te espera. Si no es así, no eres aburrido ni loco. Simplemente comprendes que los sueños, aún al alcance de todos, no son tan ideales cumplidos como soñados. Si no, no serían sueños.

Eso sí, a mí, a pesar de todo, me compensa, claro que me compensa. Siempre es mejor sentirse desahuciado por el azar que encadenado por las convenciones.

¡Por un nuevo viaje pronto, pronto, pronto! ¡Lleno de decepciones y mucha, mucha felicidad! 

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2 comentarios en “Desnudando el alma en el sur de Camboya

  1. Toni dijo:

    Me ha gustado tu sinceridad. Es cierto que cuando planeamos un viaje o unas vacaciones todo es perfecto. Luego la cosas cambias cuando lo vives. Pero la vida es asi, el dia a dia es asi, viajes o te quedes en casa. Cuanto daria por ver lo que habeis visto y vivir lo que habeis vivido. En cierta forma lo he vivido al leeros. Seguir viajando y escribiendo porque a pesar de las dificultades que habeis vivido creo que merece la pena sentirse tan vivo, sentirse tan libre. Gracias por hacerme soñar.

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  2. Maria dijo:

    ¡Gracias! por vuestra sinceridad. Siempre pintan los viajes todo feliz, todo bonito. Ver que en estos viajes tambien hay cosas negativas te hace prepararte mejor para los imprevistos. Porque el gusanillo de viajar no hay que perderle nunca. Y yo quiero seguir vuestros pasos.

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