Retrato de una noche en Saigón

Bailaban las once en el minutero de mi reloj cuando llegamos a Saigón. El viento cálido de la noche vietnamita nos atizaba los rostros sudorosos y nuestros oídos se embotaban con las insistencias de la joven canadiense que había venido con nosotros en autobús desde Camboya.

-Come on! Let´s sleep tonight in this hostel. You can meet your host tomorrow.

Teníamos nuestras dudas. Era tarde y el anfitrión que debía recibirnos en su casa vivía a 15 kilómetros de la ciudad de Ho Chi Minh, por lo que a esas horas debíamos tomar un taxi para acudir a su encuentro. Totalmente fuera de nuestro humilde presupuesto de mochileros. Pero los hostales del distrito 1 eran aún más caros y se encontraban colmados de turistas de foto y cerveza que apenas salían de Pham Gum Lao y las calles anexas. A nosotros nos interesaba otro tipo de viaje: aquel que recala en el corazón de la cultura foránea y desviste la realidad para exhibirla ante nuestros ojos curiosos. Además, nos habíamos comprometido con Zany.

-Have fun, Alex! See you around the world!

Tomé la decisión por ambos. S me miró boquiabierto, los párpados cansados, la ropa sucia, las marcas de la mochila en sus hombros más marcadas de lo habitual. No era cuerdo con semejante agotamiento lanzarse a la aventura en mitad de la noche. Pero yo nunca podía resistirme a los planes alocados; últimamente eran los únicos que me hacían sentir viva. Siempre en la cuerda floja, a punto de lanzarme a lo desconocido, con el vello en punta y el alma dando traspiés. Era en esos momentos que alcanzaba la felicidad. Las tardes de sofá y televisión que tanta gente ambiciona al final de la jornada se me antojaban tan insípidas que el pecho se me hundía de solo pensarlo. S era más tranquilo, pero últimamente fluía al capricho de mis chifladuras, quizás consciente de que sólo quien sigue a los locos consigue desmembrar la rutina y pellizcar un pedazo de vida. O quizás era simplemente que temía que empezaran de nuevo mis ataques de ansiedad. El vacío, un extraño compañero que todo individuo trata de llenar en vano. Unos con trabajo, algunos con juego, sexo o drogas y otros con actividad frenética. Yo me hallaba en el último grupo. Sin embargo, como los deportes de riesgo eran idóneos tan solo durante unos segundos, pronto los había desechado. Viajar, viajar era mi vicio. Ir y venir sin más límites que los que yo misma decidiera establecer. Debo reconocer, sin pizca de orgullo, que mi anhelo era la antítesis de la filosofía budista de la que tanto me había intentado empapar meses atrás en la India. Pero entonces nada importaba. Tan solo continuar.

El taxi dejó atrás el bullicio de los distritos principales y comenzó a surcar las avenidas lánguidas de los suburbios de Saigón. Las luces de los comercios y el estruendoso brum brum de las motos fueron sustituidos por la melodía templada de los lugares que casi duermen. El conductor paró en medio de la nada y en medio de la nada se fue. Nuestro instinto nos llevó a telefonear en la puerta de un viejo edificio con una gran reja de metal. El corazón se revolvía con furia. Entonces apareció Zany, un hombre vietnamita alegre y pletórico de energía, acompañado de un anciano cascarrabias que nos arrebató los pasaportes mientras señalaba, amenazador, las numerosas cámaras de seguridad que nos apuntaban desde el portal. Communism style.

Zany nos condujo hasta el ascensor que daba acceso a su piso, un pequeño dúplex que comunicaba su dormitorio con el vestíbulo, en el que se encontraba el baño y un humilde fuego para cocinar. Tras darnos una manta e indicarnos lo que sería nuestra cama – una esquina del recibidor, con un mullido colchón de baldosa blanca – se fue precipitadamente a buscar, según dijo, a su mujer del hospital.

El hielo atravesó mi garganta y comencé a condenar mis antojos aventureros, mis inquietudes inconscientes que nos habían conducido hasta allí. S trató de tranquilizarme, conteniendo un acusador “Te lo dije”. Nos hallábamos de madrugada, agotados, tendidos sobre un suelo de azulejo, esperando a que llegara un hombre que no conocíamos. ¿Realmente había ido a buscar a su mujer o tramaba algún plan perverso del que íbamos a ser víctimas? Las situaciones extrañas son propicias para que la imaginación eche a volar y se pose en todas las noticias macabras de viajeros extraviados leídas en los periódicos. ¿Quién acudiría a ejecutar mis fantasías de terror? Esperé agazapada contra la pared, con la manta de franela hasta las orejas, ahogándome bajo los 35 grados de la estancia.

De pronto, se abrió la puerta y todas las pesadillas que mi mente había decidido crear para atormentarme se lanzaron por la ventana. Entonces dio comienzo un festival de sonrisas. Amy, la esposa de Zany, era una mujer muy pequeñita, con una voz preciosa y un corazón casi de algodón. Hablamos los cuatro durante horas, como buenamente pudimos en el escaso inglés que nos reunía, degustando sopa de arroz y cerveza Saigón, que Amy no pudo beber por las costumbres de su religión.

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Compartimos anécdotas de viajes, opiniones políticas sobre el legado de una guerra que en Vietnam no resulta tan lejana, consejos de meditación y muchas, muchas risas. Cuando nuestros anfitriones vietnamitas se enteraron de que el cumple de S era en escasos días, se apañaron para traer una tarta de chocolate con su nombre y 26 velas. ¡Qué cumpleaños tan especial! Cuatro personajes singulares, sentados en el suelo, frente a un pastel casi derretido. La luz tenue de la habitación murmuraba en una lengua forastera, las chispas de las bengalas brincaban cerca de nuestros labios y el miedo, acongojado en algún lugar de nuestros somnolientos cuerpos, se despedía con un bostezo. No podíamos sentirnos más felices de encontrarnos allí en aquel momento. Ya no importaba el suelo duro, la insensatez de presentarse en la oscuridad en un hogar lejano de la comodidad, las sospechas que nos han acostumbrado a producir. Aquel momento no tenía precio. De nuevo, arriesgarse nos había regalado un instante que muchos otros no podrían disfrutar. Habíamos alcanzado la autonomía de decidir cómo, cuándo y dónde queríamos perdernos, sin seguir un camino marcado u obedecer ninguna guía. Habíamos rozado la libertad.

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CONSEJOS PRÁCTICOS:

DÓNDE DORMIR:

Realizamos couchsurfing en Saigón, así que nuestro consejo es que lo intentéis también, no solo por ahorraros algunos dongs,  sino también para conocer la ciudad y a los vietnamitas desde una perspectiva más real.

En el distrito 1, en el centro, podréis encontrar habitaciones por 7-8 dólares la noche.

QUÉ HACER: 

  1. Museo de la Guerra de Vietnam.  El precio de la entrada son 15000 dongs por persona. Una mirada un tanto parcial de la guerra de Vietnam. Es muy dura la exposición fotográfica sobre los efectos del gas naranja arrojado por los estadounidenses contra la población vietnamita.
  2. Tomar café vietnamita (delicioso café con leche condensada y hielo), sentados en medio de la calle en sus diminutas sillas de plástico. ¡Será como volver a la tierna infancia!
  3. Pasear por la Kao San Road de Saigón, Pham Ngu Lao y disfrutar de la Bia Hoi, hora de la cerveza barata en Vietnam.

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2 comentarios en “Retrato de una noche en Saigón

  1. Maria dijo:

    Me encanta tu forma de escribir. Relatando tu aventura como si fuera una novela. Me encanta tus corazonadas y la suerte que tienes con la gente que te acoge en su casa. Me encanta tus viajes, como los vives y como los cuentas.

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  2. Toni dijo:

    Que suerte teneneis. Parece que toda la gente que encontrais en vuestro viaje es estupenda. Aunque seguro que tambien habeis encontrado gente desagradable en vuestro camino. Pero esa pareja que os mostro su hospitalidad apesar de sus pocos recursos sera dificil de olvidarla. ¡Ojala! todo el mundo fuera asi. Bonita esperiencia.

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