Lo que el desierto esconde

Todos los blogs de viajes y todas las personas que encontramos en nuestro camino siempre nos recomendaron fervientemente ir al desierto del Sáhara. No dudamos en hacerles caso, embaucados por sus relatos sobre noches claras de millones de estrellas y experiencias alucinantes con los nómadas bereberes.

Y no mentían. El desierto es inmenso, de una belleza casi ficticia y a la vez tan real cuando la arena de las dunas se escurre entre nuestros dedos. Es una sensación única presenciar el golpeteo rítmico de los tambores bereberes bajo el cielo estrellado, tras un banquete de cuscús y tajin de verduras. Es maravilloso sentirse diminuto y a la vez grandioso mientras se intenta coronar la cima de 200 metros de la Gran Duna. E increíble poder desentrañar los misterios del desierto con sus legítimos moradores.

IMG_20170722_075719

Pero también he de confesar, a sabiendas de que voy a parecer una aguafiestas, que para mí el desierto no fue tan especial como para otras personas. Porque a pesar de todas esas cosas fabulosas, yo no podía dejar de sentirme una turista más a la que querían sacarle hasta el último cuarto. Y porque sentí que traicionaba hasta el último de mis ideales cuando accedí a montarme en dromedario. Un eslabón más en aquella cadena de sometimiento. Una turista más consumiendo explotación  animal. No sé cómo acabé allí cuando uno de mis más firmes principios es el de  no contribuir al sufrimiento de ningún ser. No me eximo de la culpa, pero DENUNCIO (aún con más ahínco si cabe) las condiciones en las que se encuentran muchos animales que son utilizados para el turismo, las cuales atentan contra su dignidad y su libertad. Aun no entiendo las caras de felicidad de todos los presentes frente a la mía, consternada por aquel espectáculo de subordinación a un ser tan especial y bello como el dromedario.

IMG_20170721_192431

Y sé que esto no es nada. Que por doquier había burros y caballos moribundos, y monos encadenados y perros y gatos apaleados.  Y que en España tampoco nos quedamos cortos en cuanto a maltrato animal. Pero me consuela pensar que al menos en otros casos, no participé de tal violencia.

Esto no significa que no os anime a ir al desierto si os atrae mucho la idea, pero a hacerlo de una forma responsable que no dañe a ningún ser. Y si tenéis la suerte de hacerlo en una estación distinta del verano, ¡mejor! porque si no os asaréis de calor y no podréis salir del hostal hasta las 17h mínimo.

Estamos en el desierto. Hace tanto calor que no podemos salir de nuestra bella casa bereber . 

El viento ruge ahí fuera. Ráfagas de fuego golpean las ventanas, sacuden las palmeras. Me pregunto si los dromedarios sufrirán sin sombra alguna bajo el ardiente sol del Sahara. Me hace daño la duda.

Es julio en Marruecos y mi corazón recupera poco a poco una alegría hace tiempo pérdida. Es hermoso viajar y encontrarse a uno mismo bajo los parajes más recónditos. Es más fácil escucharse mientras se , más sencillo reconocerse bajo la forma primitiva: sucio y sudado, comiendo con las manos, mecido por el vaivén del destino, que en una oficina en Madrid, autónomo pero autómata. 

Albergo miedos. 

Una mujer pasa ante nosotros portando un cubo de agua. Viste un hiyab rosa chillón y un vestido de flores verdes y negras. ¿Hacia dónde irá?

Estoy de viaje. ¿Cómo sentiría las cosas si estuviera viviendo aquí, formando parte de esta realidad? ¿Más en comunión con todo o más asustada, extrañada por no verlo de forma pasajera sino formando parte de algo tan ajeno…?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s